Dos personas pueden vivir una experiencia aparentemente similar y reaccionar de manera muy diferente. Mientras una logra recuperar su equilibrio emocional en pocas semanas, la otra desarrolla síntomas persistentes de miedo, evitación o hipervigilancia. Esta observación, habitual en la práctica clínica, ha llevado a replantear una cuestión fundamental: ¿qué convierte realmente una experiencia en traumática? Una revisión reciente publicada en Nature Reviews Psychology propone ampliar la mirada sobre el trauma psicológico e integrar factores subjetivos, cognitivos y contextuales que tradicionalmente han recibido menos atención en los sistemas diagnósticos.
El concepto de trauma sigue evolucionando
Durante décadas, la investigación sobre el trastorno de estrés postraumático (TEPT) se ha centrado en acontecimientos excepcionalmente graves, como guerras, agresiones sexuales, torturas o catástrofes naturales. Esta aproximación ha permitido delimitar con claridad los casos más evidentes de trauma.
Sin embargo, la experiencia clínica muestra una realidad más compleja. No todas las personas expuestas a acontecimientos extremadamente graves desarrollan TEPT y, al mismo tiempo, algunas personas presentan síntomas postraumáticos significativos tras experiencias que no cumplen estrictamente los criterios diagnósticos tradicionales.
Esta discrepancia ha generado un debate científico relevante: ¿es el acontecimiento en sí mismo lo que determina el trauma o es la interacción entre el acontecimiento, la persona y su contexto?
El trauma no depende únicamente de la gravedad objetiva
Uno de los principales argumentos defendidos por Engelhard y colaboradores es que las características objetivas del acontecimiento constituyen solo una parte de la explicación.
La investigación acumulada indica que la aparición de síntomas postraumáticos depende también de factores como:
- La percepción subjetiva de amenaza.
- La sensación de falta de control.
- La historia previa de adversidad.
- Las creencias personales sobre uno mismo y el mundo.
- La disponibilidad de apoyo social.
Desde esta perspectiva, un mismo acontecimiento puede tener consecuencias psicológicas muy distintas según quién lo experimente y en qué circunstancias ocurra.
Para el clínico, esta idea tiene una implicación importante: la evaluación del trauma no debería limitarse a catalogar acontecimientos, sino que debe explorar cómo fueron interpretados y procesados por la persona.
La intensidad del impacto psicológico no depende únicamente de lo ocurrido, sino también de cómo la persona interpreta y procesa la experiencia.
Vulnerabilidad psicológica y factores de riesgo
La revisión destaca diversos factores que incrementan la probabilidad de desarrollar síntomas postraumáticos.
Entre los más consistentes se encuentran:
Historia previa de acontecimientos adversos
Las experiencias traumáticas acumuladas durante la infancia o la adolescencia pueden aumentar la sensibilidad ante futuros estresores.
Problemas psicológicos previos
La presencia de trastornos de ansiedad, depresión u otras dificultades emocionales puede actuar como factor de vulnerabilidad.
Reactividad al estrés
Algunas personas muestran una mayor activación fisiológica y emocional ante situaciones percibidas como amenazantes.
Contexto socioeconómico
La falta de recursos materiales, la inseguridad laboral o la ausencia de redes de apoyo pueden dificultar la recuperación tras una experiencia adversa.
Estos hallazgos son coherentes con los modelos contemporáneos de vulnerabilidad-estrés, ampliamente utilizados en psicología clínica para explicar el desarrollo de diversos trastornos emocionales.
El papel de las interpretaciones cognitivas
Uno de los aspectos más relevantes para la práctica clínica es la importancia de las valoraciones cognitivas posteriores al acontecimiento.
Los modelos cognitivos del TEPT proponen que determinadas interpretaciones contribuyen a mantener el problema. Por ejemplo:
- «El mundo es completamente peligroso».
- «No puedo protegerme».
- «Nunca volveré a sentirme seguro».
- «Soy débil porque me afectó lo que ocurrió».
Estas creencias favorecen conductas de evitación y mantienen una sensación persistente de amenaza.
Desde la terapia cognitivo-conductual, el tratamiento no se centra únicamente en el recuerdo traumático, sino también en identificar, cuestionar y modificar las interpretaciones que perpetúan el malestar.
Las consecuencias psicológicas del trauma dependen en gran medida del significado que la persona atribuye a lo sucedido.
¿Pueden existir síntomas postraumáticos sin un trauma “clásico”?
La revisión analiza estudios que han encontrado síntomas compatibles con el TEPT tras experiencias como:
- discriminación persistente,
- acoso,
- desahucios,
- rupturas sentimentales especialmente impactantes,
- experiencias repetidas de exclusión social.
Este hallazgo no implica que todas estas situaciones deban considerarse automáticamente traumáticas ni que cualquier reacción emocional intensa constituya un trastorno mental.
Los autores advierten expresamente sobre un riesgo creciente: confundir sufrimiento psicológico con psicopatología.
La ampliación del concepto de trauma puede facilitar el acceso a una atención adecuada para algunas personas. Sin embargo, una definición excesivamente amplia podría favorecer la medicalización de respuestas normales ante circunstancias difíciles de la vida.
Comprender el trauma exige analizar simultáneamente el acontecimiento, la vulnerabilidad individual, el contexto social y las creencias que se desarrollan tras la experiencia.
Implicaciones para la práctica clínica
Desde una perspectiva asistencial, la principal aportación de este trabajo es recordar que la evaluación del trauma requiere una mirada amplia e individualizada.
El profesional debe explorar:
- Las características del acontecimiento.
- La percepción subjetiva de amenaza.
- Las creencias asociadas.
- Los antecedentes personales.
- Los recursos de afrontamiento.
- El apoyo familiar y social disponible.
Esta aproximación resulta especialmente compatible con los modelos cognitivo-conductuales contemporáneos, que entienden los problemas psicológicos como el resultado de múltiples factores interrelacionados y no como una consecuencia automática de un único acontecimiento.
Conclusiones
La investigación actual sugiere que el trauma psicológico no puede definirse exclusivamente por las características objetivas del acontecimiento vivido. La experiencia subjetiva, la historia previa, las creencias personales y el contexto social influyen de forma decisiva en el desarrollo de los síntomas postraumáticos.
Al mismo tiempo, es necesario mantener un equilibrio. Ampliar el concepto de trauma puede mejorar la identificación y atención de personas que sufren consecuencias psicológicas relevantes. Sin embargo, también exige evitar la patologización de reacciones emocionales normales ante las dificultades de la vida.
Para los psicólogos clínicos, este debate supone una invitación a profundizar en la evaluación individualizada del paciente y a comprender el trauma como un fenómeno complejo en el que interactúan factores biológicos, cognitivos, emocionales y sociales.
Para profundizar
Artículo original: Engelhard, I. M., Krypotos, A.-M., McNally, R. J., Mertens, G., & van Zuiden, M. (2026). Defining the concept of psychological trauma. Nature Reviews Psychology, 5, 327-337. DOI: https://doi.org/10.1038/s44159-026-00557-y
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